El dilema de la 'excepcionalidad' peruana
TO: O dilema da ‘excepcionalidade’ peruana
Fecha de publicación del TO: 3 de marzo de 2021
El general argentino José de San Martín declara la independencia del Perú (Juan Lepiani)
Sylvia Colombo
Con cada nueva elección presidencial en Perú, surge la pregunta: “¿por qué los representantes peruanos consumen su popularidad tan rápido?”. La pregunta es pertinente, basta con ver las cifras más recientes. Alejandro Toledo (2001-2006) tocó fondo, y llegó a gobernar con solo un 8 % de aprobación popular. Alan García, quien fue presidente en dos mandatos (1985-1990 y 2006-2011), gobernó mucho tiempo con un nivel en torno al 15 %. Ollanta Humala (2011-2016) terminó su mandato con un 17 %.
Es importante recordar que, a diferencia de otros países de la región, el Perú es poco propenso a aventuras populistas; sin embargo, es cierto que Velasco Alvarado (1968-1975), izquierdista, fue una de las inspiraciones de Hugo Chávez. Alvarado restringió derechos y persiguió a los opositores, pero lanzó una amplia reforma agraria que fue muy popular, además de otros proyectos orientados a la justicia social. Sin embargo, fue un general que llegó al poder mediante un golpe de Estado y que implementó un régimen militar.
Otro que intentó una aventura autocrática fue Alberto Fujimori (1990-2000). A pesar de haberse ganado la admiración de buena parte de la sociedad —tanto que el fujimorismo existe hasta hoy, aunque con fuerza residual—, su gestión no terminó bien y se encuentra tras las rejas, en el penal del Callao, cerca de Lima, donde cumple una condena de 25 años por corrupción y abusos contra los derechos humanos.
Aparte de estos casos, el país prácticamente no se postró para elogiar a ningún líder carismático o con un discurso de salvador del país.
Esta “excepcionalidad peruana” vuelve a cobrar protagonismo ahora. No solo porque se acerca una nueva elección el 11 de abril, sino porque esta vez ni siquiera estamos hablando de un presidente que llega al final del período con poca popularidad, como era la costumbre. Sin embargo, este nunca llegó, y el período termina con poco oxígeno y un líder temporal.
En la legislatura 2016-2021, hubo nada menos que cuatro presidentes (y todavía hay tiempo para uno más). El primero, Pedro Pablo Kuczynski, elegido en las urnas, dimitió cuando el Congreso aprobó una segunda moción de vacancia por su posible implicación en escándalos de corrupción.
Luego vino uno de sus diputados, Martín Vizcarra, quien incluso gozó de gran popularidad por un momento, pero no logró gobernar y, sin apoyo, también perdió su cargo ante un Congreso opositor. Un tercero, Manuel Merino de Lama, tuvo un plazo aún más corto que esta sentencia para explicar quién era, ya que solo duró cinco días. Por último, el actual, Francisco Sagasti, acabó siendo una grata sorpresa entre las opciones existentes. Sin embargo, tampoco tiene una gestión robusta, tanto más porque asumió en medio de una pandemia que ha golpeado al país más que a ningún otro en Sudamérica hasta el momento.
Se puede pensar que esa "excepcionalidad peruana" es algo positivo, ya que evita que el país tenga que lidiar con caudillos que insisten en perpetuarse en el poder. La otra cara, sin embargo, es que el sistema político actual, que mezcla parlamentarismo y presidencialismo, puede funcionar muy bien en las condiciones adecuadas; pero casi nada cuando las instituciones han pasado por un largo período de desgaste durante los años del fujimorismo, que también fragmentó y debilitó a los partidos que fueron corroídos por la corrupción prácticamente. Todo esto sumado queda manifiesto en la apatía que muestran más del 50 % de los votantes de cara a las elecciones que se avecinan.
Pero, ¿qué explica, históricamente, esta “excepcionalidad” peruana?
El origen se remonta a la época colonial. Aunque Lima no se considera actualmente como la principal metrópoli regional, fue el centro del sistema de dominio español en las Américas. Fundada por Francisco Pizarro en 1535, Lima se convirtió en la sede de las operaciones del Imperio en la región. En lo que hoy es Perú, se encontró oro en abundancia, y alrededor de esta riqueza se construyó una fastuosa ciudad, la capital del Virreinato del Perú, el más importante de Sudamérica, donde se tomaron decisiones para toda la región.
Pizarro había destronado nada menos que a un emperador inca, Atahualpa. Desde entonces, el rechazo de los líderes que vinieron después de Pizarro, considerados herederos de los usurpadores del trono, se ha introducido en la cultura peruana.
Así como la fundación del Virreinato se basó en la fuerza, se necesitó mucho para derribarlo. Los intentos de los "criollos" independientes locales fueron violentos y se iniciaron muy temprano en comparación con otros países de América del Sur. Ejemplo de ello fue la famosa rebelión de Túpac Amaru 2, en 1780, brutalmente reprimida por los españoles. También hubo la rebelión de Tacna en 1811 y la rebelión de Cuzco en 1814, que también fueron masacradas. Para los españoles, perder el Virreinato del Perú sería una inmensa derrota, mucho mayor, por ejemplo, que perder al lejano y mucho más pobre, en ese momento, Virreinato de la Plata. Por eso, las tropas realistas lo defendieron con hierro y fuego.
La tarea fue tan difícil que las fuerzas locales no fueron suficientes, fue necesario solicitar ayuda exterior para lograr la independencia. Esta ayuda llegó a través de las columnas encabezadas por los dos libertadores más importantes de América, el general San Martín, proveniente de lo que hoy es Argentina, y Simón Bolívar, proveniente de lo que hoy son Colombia y Venezuela.
Si a algo se acostumbraron los peruanos, entonces, fue el enfrentamiento en relación al poder. Es un rechazo muy fuerte al intento de implementar gobiernos que están muy centrados en la figura de una persona y que, además, los rodea de lujos e hitos imponentes, como lo fue durante el dominio español.
En este año en el que el Perú, en medio de una crisis institucional, elige nuevo presidente y parlamento, también celebra sus 200 años de independencia. La liberación del país fue proclamada el 28 de julio de 1821 por San Martín, en una escena representada en la tabla que ilustra esta publicación.
Existen historiadores que explican el inconformismo del peruano con la autoridad de la cultura nacida con el trauma que representaron los difíciles años de la colonización y las sangrientas batallas por la independencia. De ahí que hubiera nacido un rechazo tan tajante hacia cualquier autoridad.
Por esta razón, no hubo un espacio para movimientos de culto a una sola persona, como sucedió con el peronismo (Argentina) o el chavismo (Venezuela), o con un grupo de origen revolucionario, como el PRI (México).
Lo que tuvo el Perú a lo largo del siglo XX, sin embargo, fueron partidos con una clara personalidad ideológica; y eso le dio riqueza a los debates y apoyo al sistema político. Sin embargo, el fujimorismo destruyó eso. Al promover un estado magro, dejó al poder ejecutivo más débil. Un presidente electo hoy no tiene mucho poder para reformas importantes, ya que la máquina que gobierna es pequeña. El fujimorismo erosionó aún más a los partidos, a través del cierre, aunque temporal, del Congreso, la persecución de líderes políticos y la creación de un aparato paraestatal para reprimir a los opositores, como el grupo Kolina.
Por esa razón es que, en los tiempos actuales, ha sido tan difícil conquistar mayorías parlamentarias. Los nombres de los partidos ya no significan lo que eran en el pasado. En la Acción Popular, probablemente pocos recuerden a Belaúnde Terry, impulsor de las reformas modernizadoras en los años 60; lo mismo con la izquierdista Apra (Alianza Popular Revolucionaria), de Víctor Raúl Haya de la Torre.
Con tal falta de compromiso ideológico, la mayoría de los políticos se unen a partidos solo por conveniencia y para defender los intereses de su grupo social y económico. Se trata de un sistema político que promueve la formación de consensos en torno a cada tema en debate, donde no hay estructura de pensamiento en los partidos, y que conduce a la fragmentación y la formación de complots e intrigas. Fue en este campo minado donde los últimos presidentes intentaron sobrevivir, y este es el campo minado que enfrentará el próximo.

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